La misteriosa Isla de las Muñecas en México

En la zona lacustre de  Xochimilco, hay una isla donde “habitada” por muñecas colgadas de los árboles; muy atractiva de día, pero que genera terror por la noches.

Por: Carolina Aramburú
Visite México por segunda ocasión y tuve la oportunidad de volver a Xochimilco, una de las 16 delegaciones del Ciudad de MX (algo así como nuestros distritos). Su nombre proviene de la lengua náhuatl y suele traducirse como “lugar de sembradío” o “sementera de flores”.

En el centro de Xochimilco esta la zona lacustre, donde se encuentran las chinampas, (especie de balsas cubiertas con tierra que sirven para el cultivo) y flotan como islas conformando canales, similares a los de Venecia pero rodeados únicamente por vegetación. Por ahí solo se transita en las llamadas trajineras (pintorescas embarcaciones impulsadas por remos). Cuando te adentras navegando, es un lugar habitado pero solitario a la vez. Sus pobladores son escasos comparados con otras zonas de Ciudad de MX y en ese manojo de lagos, islas e islotes tapizados de césped muy verde, cultivos de flores y plagados de arbustos, cuando la noche cae, desaparecen los colores y todo se hace negro. Ni el brillo de la luna alumbra lo suficiente para distinguir algo entre los matorrales, por el contrario, a veces su brillo sobre los lagos se percibe como siniestros flashes y hasta sientes que desde las oscuridad total te toman fotos y te vigilan.
LA LEYENDA
Allí habitó hasta hace diecisiete años atrás Don Julián Santana Barrera, un hombre dedicado al cultivo de flores y hortalizas y creyente de los espíritus. Don Julián nunca se casó ni tuvo prole, vivía para trabajar y trabajaba para comer. En su actividad diaria estaba el trasladarse de su cabaña a las chinampas donde cuidaba de claveles, nubes y chícharos, algunas flores de la zona.

La vida rutinaria de don Julián cambió cuando el espíritu de una jovencita ahogada en aquellas aguas lo empezó a molestar. La soledad total en la que pasaba sus noches, el negro de las horas de la madrugada, el sonido del agua al correr, el ruido de los animales nocturnos y la falta de alguna mascota que le avisara el acecho de intrusos, todo aquello confabuló para que sus sueños se volvieran pesadillas y sus nervios estuvieran a punto de quebrarse.
De pronto un día, de regreso a su casa y mientras navegaba observó un objeto atascado entre las plantas de la rivera de uno de aquellos canales. Se trataba de una muñeca vieja y fea, tostada por el sol, sin zapatos, con la ropa sucia y roída, el cabello hecho un guaipe inmundo y las cavidades de los ojos vacías. Era terrorífica y por eso se le presentó aquella idea.

Llevó a Agustina –así la bautizó- hasta su cabaña y la colgó frente a la cruz que servía de recordatorio de la muerte de aquella jovencita cuyo espíritu lo hostigaba. Creyó que con eso detendría la persecución de su fantasma.

A partir de allí y como por arte de magia, Don Julián empezó a encontrar muñecas viejas, mutiladas y maltrechas en las aguas de aquellos canales e incluso en las mismas islas. Aquello no tenía explicación pero invariablemente las recogía todas, así no tuvieran brazos o piernas, incluso si eran únicamente las cabezas. Las primeras las ubicó cerca a Agustina, tal vez con la ilusión de que todas juntas tuvieran más fuerza y pudieran ser capaces de espantar al más furibundo espectro satánico.
Así trascurrieron los siguientes veinticinco años. Coleccionó muñecas que ya luego le eran regaladas por cuanta persona le conociera, incluso por extraños. Las colocó por todas partes, dentro y fuera de su cabaña, a la rivera del lago, en las ramas y en las copas de los árboles, en cordeles, en cualquier lugar capaz de sostenerlas.
Así, el lugar bautizado popularmente como La Isla de las Muñecas, se fue impregnando de un singular aire siniestro, incluso antes de que el cuerpo de don Julián apareciera flotando bocabajo en uno de los canales.
Hoy en día llegan turistas, parejas y familias enteras para visitar la isla, aunque son muy pocos los que se atreven a pasar la noche allí.


Carolina Aramburú

Periodista, directora de Asesoría Global

asesoriaglobal@gmail.com

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