El innecesario y peligroso castigo

Los castigos físicos o psicológicos en la infancia, marcan la vida de un ser humano ¿qué obliga a recurrir a ellos? ¿se puede corregir conductas sin llegar a ellos?

Por: Edgar Huamán

La amígdala cerebral es una pequeña estructura cerebral, que tiene forma de almendra y que se encuentra interconectada con el tronco cerebral. Considerada como una estructura límbica ligada a los procesos del aprendizaje y la memoria, la amígdala tiene como una de sus funciones más importantes, la de servir como depósito de la memoria emocional. Es la amígdala la que guarda aquellos recuerdos que causaron mayor impacto emocional en nuestra vida.

David Goleman en su libro Inteligencia Emocional (1996), indica que  Joseph LeDoux, fue quien descubrió que las señales sensoriales procedentes del mundo cognoscible, llegan primero a la amígdala, antes que al neocórtex, lo que ocasiona que el sistema emocional pueda actuar independientemente del sistema racional, incluso antes que éste haya procesado la información, dando lugar a que se den ciertas reacciones o recuerdos emocionales, que ocurren aún sin participación cognitiva consciente.

Esto sería uno de los motivos por el cual algunas veces solemos decir “no sé porque lo hice”, luego de reaccionar irracionalmente frente a una situación de temor extremo o de ira descontrolada.

A menudo encontramos situaciones parecidas en el aula, donde nuestros estudiantes, ante algunos retos complejos o normas a los deben someterse, muestran comportamientos instintivos que funcionan más bien como recursos emocionales adaptados para el miedo, la fuga o la ira. Todo adolescente tendrá que vivir entonces, procesos de maduración emocional, donde la experiencia cotidiana y el contexto socio cultural, les permitirán ir ajustando sus emociones para adaptarse a las exigencias de la vida de adulto, dentro de una sociedad en constante cambio.

Algunos adultos solemos pensar que hemos desarrollado completamente la capacidad de controlar nuestras emociones, sin embargo, son muchas las decisiones que tomamos a diario en las que la parte racional de nuestro cerebro ni siquiera se da por enterada. Por ejemplo, pensemos en lo que ocurre cada que nuestro hijo o hija, trae a casa una nota desaprobatoria o cuando somos llamados a la escuela por un comportamiento que no fue el adecuado dentro del aula. Unas veces, la emoción que nos copa es el miedo, entonces lloramos y recriminamos por el poco interés que ponen nuestros hijos para estudiar, dando por hecho que su destino será el fracaso. Otras veces, la emoción que prima es la ira, entonces insultamos o golpeamos, por lo que consideramos una afrenta al enorme esfuerzo que realizamos como padres para enviarlos a la escuela.

Quizá deberíamos darle una nueva mirada a nuestras emociones y tratar de medir en qué medida interfieren éstas en las decisiones que tomamos a diario para enfrentar los procesos naturales de desarrollo por los que necesariamente transitarán nuestros hijos antes que, como dice Goleman, lleguen a ser personas capaces de “soportar las frustraciones, controlar sus impulsos, diferir las gratificaciones, regular sus propios estados de ánimo, controlar la angustia y empatizar y confiar en los demás”.

Recordemos que no siempre el castigo es la solución a los problemas de conducta que presentan nuestros hijos. En su lugar deberíamos tratar de comprender las emociones que los invaden cuando cometen sus errores. Debemos entender que la vida emocional constituye un ámbito que es posible de ser dominado en mayor o menor grado, siempre y cuando la educación considere estos aspectos dentro del diseño de la clase.

Comprendiendo el papel que desempeñan las emociones en nuestro diario accionar, podríamos tomar conciencia sobre la importancia de desarrollar las capacidades emocionales necesarias para llevar una vida equilibrada. Aprendiendo a controlar los impulsos y pasiones que acompañan nuestra vida, podremos transmitir a nuestros hijos la seguridad necesaria para que estos, a su vez, puedan controlar cualquier emoción excesivamente intensa o que se prolongue más allá de lo prudente, para lograr su estabilidad emocional.


Edgar Huamán Gallegos

Piscólogo, docente

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