Piden reconstruir casa de Felipe Pinglo y convertirla en museo

Compartimos un artículo de Darío Mejía, sobre la vida y obra del más grande compositor criollo, quien murió un 13 de mayo de 1936 y donde se pide, reconstruir su casa en barrios Altos, para hacer un museo.

En las primeras horas del 13 de mayo de 1936, se extinguió la vida del bardo criollo Felipe Pinglo y sus amigos, en señal de duelo, se pusieron de acuerdo para hacer un silencio musical por varios días… En vida, el Maestro fue ignorado de los Institutos y Academias Musicales del Perú pero, hoy en día, es reconocido como un genio de la música y su obra, declarada Patrimonio Cultural de la Nación.

Sin embargo, debemos pedir que ese reconocimiento al Maestro no quede en letra muerta y solicitar que la casa donde nació salga del abandono en que se encuentra, sea reconstruida y convertida en el Museo Felipe Pinglo Alva, como se lo merece.

Casa de nuestro bardo criollo, en completo abandono. Criollos piden sea reconstruida para convertirla en museo. Foto: Darío Mejía

CUANDO LAS GUITARRAS CALLARON

El mejor año de Felipe Pinglo, musicalmente hablando, fue 1935. Dicho año es conocido como “El año de oro de Pinglo” y es que, durante el transcurso del mismo, el Maestro nos entregó y se volvieron populares varias de sus grandes composiciones, como los valses “Aldeana”, “Bohemia de luto” (conocido también como “A la memoria de Carlos Saco”), “La vuelta al barrio” (compuesto a fines de 1934), “Espejo de mi vida, “El inclusero”, “La que fue”, “Pecadora”, “Por tu querer” y “Sueños de opio”; el one step “La canción del porvenir” y la polca “Los tres ases”.

Al empezar el año 1936, la salud de Felipe Pinglo se hallaba delicada. Sin embargo, el Maestro logra componer el vals “Senectud”, como fue señalado por Juan Rasilla Moreno, el cual fue estrenado por Samuel Joya en una función a beneficio del Club Atlético Lusitania, club por el cual Pinglo llegó a jugar fútbol. Su mal se acrecentó con dolores que no permitían dormir al bardo criollo. A pesar de ello, Pinglo no dejaba de componer y fue así que, enfermo como estaba, compone el vals “Una mujer” y el 13 de abril, sobreponiéndose a su mal, compone el vals “Abuelito”, contaría Juan Rasilla Moreno en el diario La Crónica del 31 de mayo de 1945.

El 15 de abril, ante la gravedad de su estado, Pinglo es internado en el Hospital Dos de Mayo, Sala Odriozola, cama No. 27. Allí fue visitado por su familia, amistades y también por el periodista Juan Francisco Castillo, del semanario “Cascabel”, quien lo entrevistó en su lecho de enfermo.

Estando Pinglo internado en el hospital, el 24 de abril de 1936, Samuel Joya estrena en público la polca “Los Tres Ases” que Felipe Pinglo había compuesto a fines del año anterior, lo señala Aurelio Collantes (Pinglo Inmortal, Lima 1977). Dicho estreno tuvo lugar en el Teatro Continental de la Plazuela Ramón Espinoza, en los Barrios Altos de Lima. Un día después, el sábado 25 de abril, en la página 8 del semanario “Cascabel” se publica la entrevista que le hizo Juan Francisco Castillo a Felipe Pinglo.

Presintiendo que ya nada se podía hacer para aliviarlo del mal que padecía, el lunes 27 de abril Felipe Pinglo abandonó el Hospital Dos de Mayo por propia voluntad retornando a su hogar en la calle Penitencia. Sus amigos lo acompañaron durante esos días en que se extinguía la vida del bardo criollo, habiendo siempre alguien a su lado.

Un compositor de la talla de Pinglo sigue creando canciones mientras tenga algún respiro de vida. Es por ello que a pesar de estar muy enfermo, cuenta Juan Rasilla Moreno, el 9 de mayo Felipe Pinglo escribe los versos del vals “Hermelinda“, el cual se lo dedicó a su esposa Hermelinda Rivera. Pero las fuerzas ya no le daban para ponerle música al vals aquel por lo que le encargó a su esposa de que si moría, que sea Paco Vilela o Pedro Espinel quien le ponga música a su vals. Hermelinda Rivera guardaría para ella la letra aquella como el más grande tesoro de su vida.

Mientras Pinglo se debatía entre la vida y la muerte en su casa de los Barrios Altos, el periodista Heraldo Falconí Sevilla escribe sobre el Maestro y entrevista a Samuel Joya para la edición del sábado 9 de mayo del semanario “Cascabel”. Falconí hace notar que el autor inagotable de canciones criollas, que lo consagró todo en aras de la música popular, estaba siendo ignorado de los Institutos y Academias Musicales.

Juan Rasilla Moreno, amigo de Pinglo, en La Crónica del 31 de mayo de 1945, refiriéndose a la muerte de Pinglo, señala lo siguiente:

“El 13 de mayo, al amanecer, Felipe llamó a sus hijitos y se despidió tiernamente de ellos, emocionando a todos los que los escucharon. Nos cuentan que jamás se ha oído nada más sublime y cariñoso.”

Cuando los relojes marcaban las cinco y media de la mañana de aquel 13 de mayo de 1936, la vida de Felipe Pinglo se apagó. El bardo criollo falleció en su casa de los Barrios Altos, sito en la calle Penitencia (Jr. Paruro 232). Se fue a la hora en que terminan las jaranas.

Sus amigos y los criollos de todos los rincones de Lima acudieron a su sepelio sumando más de mil las personas que acompañaron el cortejo fúnebre. Como señal de duelo, y por lo que Pinglo representaba para la música popular, sus amigos acordaron que las guitarras de los criollos se callen por varios días, respetándose este silencio musical en homenaje al gran compositor criollo (Juan Rasilla Moreno, La Crónica, 31 de mayo de 1945).

Tres días después de la partida de Pinglo, Heraldo Falconí Sevilla da cuenta en el semanario “Cascabel” del fallecimiento de Pinglo acaecido el día 13 de mayo, relatando y mostrando una foto del sepelio:

“Generoso con su dinero lo fue también con su espíritu. Arrojó a manos llenas su salud y sus canciones. Por eso a su entierro acudieron todos. Los que sirviéronle de tema a su inspiración inagotable. Los que escucharon su música tan nuestra. Los que embriagáronse en alguna hora de dicha y de amor en las tantas jaranas de la Lima viril y criolla. (…) Felipe era popular en los barrios. No hubo fiesta de alharacas y retorcimientos donde sus piezas dejarán de animar los pechos ávidos de emoción. (…) Sin oficialismos ni etiquetas que no dan lugar al sentimiento, los músicos que lo acompañaron en vida le llevaron a la fosa. Ha tenido, después de todo, suerte Felipe. La de que le portasen los mismos que estuvieron en su vida. Aunque, quizás, no podamos decir lo mismo de nosotros que hemos perdido a nuestro mejor compositor criollo.

El 17 de mayo, cuatro días después de la muerte de Pinglo, se funda el Centro Musical Felipe Pinglo en la calle Mercedarias de los Barrios Altos, Lima. Sus amigos con los cuales solía hacer música se reunieron en la casa de Obdulio Menacho y allí se decide rendir homenaje a Pinglo con la creación del Centro Musical que tuvo a Pedro Espinel como su primer presidente.

Pasado los días de silencio musical, las guitarras empezaron a llorar y el 21 de mayo Pedro Espinel estrenó el vals “Murió el Maestro” en homenaje a Felipe Pinglo. Dicha composición fue la primera creación criolla que hizo Pedro Espinel, según dijo al diario La Prensa, el 21 de junio de 1938. Samuel Joya, uno de los mejores cantantes de esa época, como gran amigo de Felipe, también sintió mucho la partida de Pinglo por lo que el recuerdo del amigo y Maestro lo llena de inspiración y compone el vals “Ave de paso”, dedicado a Pinglo. Más canciones aparecerían recordando al bardo criollo, las cuales fueron publicadas en “El Cancionero de Lima” y “La Lira Limeña”.

 

En el año de 1940, la poetisa Amparo Baluarte le dedicó unos versos hermosos a Pinglo que con música de Nicolás Wetzell se convirtió en el vals “Siemprevivas”. Dicho vals fue estrenado por Jesús Vásquez en Radio Nacional. La poetisa Serafina Quinteras (letra) y Eduardo Márquez Talledo (música) rinden también su homenaje a Pinglo con el vals “Mi primera elegía”, el cual apareció publicado en El Cancionero de Lima No. 1323, del 13 de septiembre de 1940.

Felipe Pinglo influyó de una manera positiva en los músicos de su época, y de las siguientes, pero influyó, sobre todo, en el vals criollo poniéndole la etiqueta de vals peruano que lo diferencia ante el mundo. Por ello se habla del vals antes y después de Felipe Pinglo, porque él lo engrandeció e hizo que los peruanos se sientan orgullosos de su música y su gente.

Mucho se ha dicho sobre que Pinglo fue reconocido como gran compositor, y el mejor de música criolla, recién después de su muerte. Si muy bien, como lo mencionó el periodista Heraldo Falconí Sevilla en Cascabel del 9 de mayo de 1936, Pinglo estaba siendo ignorado de los Institutos y Academias Musicales, el pueblo, en cambio, ya lo consideraba como su mejor compositor cuando el bardo criollo estaba aún vivo. El semanario Cascabel, cuando Pinglo estaba vivo, dijo que él era el mejor compositor criollo de su época; según se menciona en la entrevista que le hizo a Pinglo y fue publicada el 25 de abril de 1936. Tres días después de su muerte lo volvió a decir.

Cuando Pinglo partió de este mundo se fue sabiendo que todo por lo que él luchó y se sacrificó estaba dando sus frutos. Se fue sintiendo el aprecio, cariño y reconocimiento del pueblo hacia su obra. Tiempo después, los Institutos y Academias Musicales reconocerían también la obra grandiosa del bardo inmortal.

Según Roberto Mejía (Felipe Pinglo el Maestro Inmortal, El Comercio, 27 de Octubre de 1959, Edición de la tarde), “(…) La labor de Pinglo fue silenciosa, casi muda. Nadie tuvo la entereza en vida de decir que Pinglo estaba haciendo un nuevo Perú con su música. Han sido las generaciones posteriores, sus amigos íntimos, los que han identificado su nombre como paradigma de la Canción Criolla”.

En la actualidad, Felipe Pinglo sigue siendo el mejor compositor de música criolla que haya tenido el Perú y, contrastando con el homenaje que le hicieron los criollos cuando partió, de hacer callar las guitarras, en muchos lugares del Perú y el mundo, donde late un corazón criollo, las guitarras no dejan de entonar sus canciones recordando a nuestro bardo criollo inmortal.

Dario Mejia
Melbourne, Australia
Escrito el 5 de Mayo de 2007

NOTA: La fotografía adjunta es del artículo publicado por el semanario Cascabel el 9 de Mayo de 1936

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