Un libro, un charango, una chimenea y mi soledad

Don Jaime Guardia no solo arrancaba bellas melodías a su charango, sino también, sentimientos, los mismos que evoca el profesor Edgar Huamán, de su época universitaria.

Por Edgar Huamán
Cuando aún vivía en casa de mis padres, tenía una habitación que daba al patio trasero de la casa, con un amplio ventanal por donde entraban, tanto el calor veraniego que convertían en un horno mis tardes de enero, como el frío viento que me hacía tan difícil soportar el invierno.

No recuerdo exactamente en qué año fue, pero por aquel entonces, el invierno de Lima arreciaba con tanta intensidad, que decidí por cuenta propia hacerme una chimenea en mi cuarto. Mi viejo había construido nuestra casa pensando en una chimenea para la cocina, la misma que se ubicaba bajo mi habitación, por lo que se preocupó de hacer una pared provista de un desfogue que ascendía hasta la azotea.
Como el tubo de la chimenea cruzaba la pared de mi cuarto, no sufrí mucho para hacerle un agujero a la misma y empezar a construir el hogar usando los ladrillos que había a montones en el techo.

La misma fecha en que terminé de construir mi obra pude por fin encenderla, y gozar del calor que me brindaba. Empecé de ese modo a degustar los placeres de la lectura de mis historias favoritas frente a la amarillenta luz de la leña ardiendo. Me gustaba mucho leer, imaginándome que vivía antes del siglo veinte y haciendo que mi imaginación volara tanto más de lo que la razón aconsejaba, mientras la soledad me acompañaba.

Una de esas noches mi felicidad se quebró, tenía rumas de libros por leer en soledad, cuando una tenue música comenzó a invadir mi habitación rompiendo el encanto al que estaba acostumbrado desde el nacimiento de la chimenea. La “bulla” provenía de la casa de atrás.

Al principio odié ese triste sonido, porque me impedía concentrarme en mis lecturas, pero poco a poco, una especie de magia empezó a invadir mi recinto, colmándome de una sensación, que alejándome de mis libros, me obligaba a guardar silencio para poder soportar ese sentimiento nuevo, mezcla de inmensas tristezas, de canto de jilgueros y silbidos de viento andino, que hasta entonces desconocía. Era otra forma de convivir con mi soledad.

Aprendí con el tiempo a acompañarme de esa música que, haciéndome añorar la puna, me recordaba a José María Arguedas, llegando a identificar en esa melodía, el sentir de Gregorio, el charanguista enamorado de la muchacha blanca que jamás sería suya.

Para cuando me fui a vivir en la universidad, ya estaba tan habituado a vivir con la compañía de la música eternamente triste que escapaba de las cuerdas del charango del misterioso vecino, que me costaba conciliar el sueño en la pequeña habitación donde tuve que vivir por algunos años.

Asistir a mi Universidad fue uno de las experiencias más bellas que he vivido en mi vida, así que siempre la recuerdo con agradecimiento y tristeza, agradecimiento porque en ella mejoré y tristeza porque lo que viví en ella, nunca volverá ya. Un día asistiendo a un concierto folclórico de pronto presentan al maestro Jaime Guardia y fue en ese momento en el que supe que la música que me acompañó durante muchos años de mi adolescencia provenía del charango de este señor.

No me gusta ni necesito colgarme del dolor de nadie para escribir algo, así que si lo hago esta vez es solo porque de verdad lo siento. Nunca conocí a este señor, sin embargo sé que lo conocí muy bien. Hoy ha muerto don Jaime, mientras escribo estas líneas, que aún guardaré por un tiempo, escucho las melodía de la bella, “Mañana me voy”…


Daniel Huamán Gallegos

Docente y escritor

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